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Cronicas del Apocalipsis Pendiente 012

Despacho n.º 012 — Fecha: 9 de mayo de 2026

Desde: el monte Kosmaj, Serbia. Al pie del Spomenik de los Partisanos del Destacamento Kosmaj. Cinco aletas de hormigón de treinta metros que forman una estrella y que en 1971 se veían desde Belgrado en noches despejadas. Ahora el Estado serbio no las reconoce como patrimonio cultural. Rakija de dunja, membrillo, destilada por un vecino de Sopot que la ha traído en una botella de agua mineral vacía. El atardecer cae sobre la montaña. Las estrellas, cuando salgan, serán las mismas de siempre.

Hoy es 9 de mayo. En Bruselas lo llaman Día de Europa. En Moscú lo llaman Día de la Victoria. En los libros de historia lo llaman el día que terminó la Segunda Guerra Mundial en Europa. En Kosmaj, donde en 1941 cuarenta y cinco comunistas se reunieron en secreto en una casa de montaña para organizar la resistencia armada contra la ocupación nazi, lo llaman el día que aquí nadie celebra oficialmente porque los monumentos a los partisanos no son patrimonio cultural protegido en la Serbia de 2026 y el Estado prefiere que no se miren demasiado.

Me siento con la botella de la rakija de dunja a los pies de una estrella de hormigón de treinta metros que el viento y el abandono están deshaciendo despacio. El primer comandante de este destacamento fue Koča Popović, que antes de la guerra era artista surrealista y había luchado en las Brigadas Internacionales en España. Un surrealista que luchó contra el fascismo en dos países distintos. Si viviera hoy, tendría material para tres libros y ninguna red social donde publicarlos porque el algoritmo no promociona a los surrealistas antifascistas. Los promueve a los fascistas, que tienen mejores métricas de engagement.

El atardecer cae. La rakija de dunja sabe a otoño y a cosas que se guardan con paciencia. Aquí sentado, en el único lugar de Europa donde el 9 de mayo tiene simultáneamente dos significados completamente distintos y ambos verdaderos, informo del estado del continente.

Feliz Día de Europa, que es el mismo día que el Día de la Victoria sobre el fascismo, aunque la UE prefiere que no se note demasiado

El 9 de mayo de 1945, Alemania firmó la rendición incondicional ante los Aliados. Murieron entre setenta y ochenta y cinco millones de personas en el proceso. La mayoría de ellas en el frente oriental, que es la parte de la guerra que los manuales escolares occidentales resumen en dos páginas antes de pasar a Normandía. El 9 de mayo de 1950, Robert Schuman pronunció su declaración proponiendo la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Cinco años exactos después del final de la guerra. Una fecha elegida con la intención de vincular el proyecto europeo con la derrota del fascismo y la promesa de que no volvería.

Setenta y seis años después, la Unión Europea celebra hoy su día con jornadas de puertas abiertas en Bruselas, conciertos gratuitos, pasaportes de actividades infantiles para sellar en veintisiete paradas temáticas y una gala en Torrevieja con María Isabel cantando Antes muerta que sencilla. No es una crítica a María Isabel, que cumple con su trabajo. Es una descripción de la distancia entre la ambición fundacional de la fecha y su expresión institucional actual, que tiene la profundidad histórica de un photocall con banderita.

La UE ha elegido el azul como color identitario. Las doce estrellas de la bandera son estrellas. La estrella de Kosmaj también es una estrella. La diferencia es que la de Kosmaj la levantaron en hormigón para recordar que hubo que pelear para llegar hasta aquí, y la UE ha pasado las últimas décadas intentando que nadie recuerde exactamente contra qué se peleó y quién ganó. No por maldad. Por comodidad. Es más fácil gestionar un club de comercio libre si no tienes que explicar continuamente por qué el club existe en primer lugar y a costa de qué se construyó.

Esta misma semana, la ultraderecha celebra el Día de Europa desde dentro de las instituciones europeas. Meloni, que viene de una tradición política cuyo árbol genealógico tiene ramas que no conviene mirar demasiado de cerca, lleva su país a las reuniones del Consejo con la misma normalidad con que Orbán llevó el suyo durante dieciséis años. Le Pen tiene grupo parlamentario en Estrasburgo. Abascal tiene eurodiputados. VOX tiene grupo parlamentario europeo. Los herederos políticos, directos o indirectos, de los que perdieron la guerra que este día conmemora están sentados en las instituciones que se construyeron para que no volvieran a ganar. Lo cual es, desde un punto de vista estrictamente histórico, un resultado peculiar para una victoria. La clase de resultado que ocurre cuando el partido que ganó la guerra decide que es más cómodo compartir mesa con los nietos del partido que la perdió que seguir explicando por qué se peleó en primer lugar.

Los que lucharon en Kosmaj contra la ocupación nazi no pueden votar en el Parlamento Europeo. Llevan muertos ochenta años. Sus monumentos se deshacen solos en las montañas serbias sin que el Estado se moleste en protegerlos. Pero sus ideas siguen siendo el único argumento real para que la Unión Europea exista.

La UE: setenta y seis años vendiendo valores que sus fundadores compraron con vidas ajenas

Robert Schuman era demócrata cristiano, alsaciano, hijo de una región que había sido francesa, alemana y francesa de nuevo según quién ganara la última guerra. Propuso la CECA porque sabía que la única forma de que Francia y Alemania no volvieran a matarse era hacer que sus economías fueran interdependientes. No lo propuso por idealismo. Lo propuso porque había visto lo que ocurría cuando no había nada que lo impidiera y no quería volver a verlo. El pragmatismo disfrazado de ideal europeo. Nada malo en eso. La mayoría de las cosas buenas de la historia empezaron siendo pragmatismo.

El problema es que el proyecto prosperó lo suficiente para olvidar de dónde venía. La Unión Europea de 2026 es una institución que vende valores mientras practica otra cosa. Vende solidaridad y financia a los latifundistas del sur con la PAC mientras permite que el norte dicte las condiciones macroeconómicas al sur. Vende democracia y negocia con Erdogan para que retenga a los refugiados sirios a cambio de seis mil millones de euros y mirar para otro lado en lo de los derechos humanos. Vende Estado de derecho y tarda dieciséis años en hacer algo concreto con Orbán. Vende valores compartidos y lleva dos años sin suspender el acuerdo de asociación con Israel mientras Israel viola doscientas veces el alto el fuego en el Líbano y deporta a los eurodiputados que intentan llevar ayuda humanitaria a Gaza.

Schuman propuso la CECA para que el carbón y el acero de Francia y Alemania fueran comunes y la guerra fuera imposible. Sus sucesores construyeron un mercado único donde el capital del norte fluye libremente hacia el sur para comprar lo que el sur tiene barato, y la mano de obra del sur fluye hacia el norte para hacer lo que el norte no quiere hacer por el precio que el norte quiere pagarlo. El colonialismo económico de Portugal necesitó barcos y siglos. El colonialismo económico del norte europeo sobre el sur necesitó tratados y décadas. El resultado distributivo es comparable. La bandera es más bonita.

Pero la lucha sigue. Y siempre ha tenido que seguir.

Koča Popović, el surrealista antifascista que organizó la resistencia en esta montaña en 1941, no esperó a que las instituciones europeas le dieran un pasaporte de actividades. Tenía cuarenta y cinco personas, una casa de montaña y una ocupación nazi que derrotar. Lo hizo. Con un coste que ninguna jornada de puertas abiertas puede cuantificar.

El fascismo no desapareció en 1945. Se reorganizó. Aprendió a llevar corbata, a hablar de libertad, a presentarse a elecciones, a financiarse con dinero privado, a construir medios de comunicación propios, a usar el lenguaje de los derechos para desmantelar los derechos. Lleva ochenta años haciendo exactamente eso con una paciencia y una consistencia que los movimientos que se le oponen raramente han igualado. Hoy tiene grupo parlamentario europeo, presidentes de gobierno en varios países miembros, y un magnate tecnológico con satélites y contratos de defensa que publica en X que Hitler era socialista.

La respuesta a eso no es una jornada de puertas abiertas en Bruselas. La respuesta a eso es lo que hicieron los que construyeron este monumento: organizarse, pelear, no rendirse, y saber exactamente contra qué se está peleando aunque el sistema prefiera que no quede demasiado claro.

La rakija de dunja se ha acabado. El atardecer también. Las estrellas han salido sobre Kosmaj. Son las mismas estrellas de siempre. Nadie les ha cambiado el nombre todavía. Que dure.

Teo García. Corresponsal. Pasaportes: varios, ninguno en regla desde 1989.

Este despacho fue escrito al pie del Spomenik de Kosmaj, construido en 1971 para honrar a los partisanos que lucharon contra la ocupación nazi en esta montaña, actualmente sin reconocimiento como patrimonio cultural en Serbia. El primer comandante del Destacamento Kosmaj fue un artista surrealista que había peleado en las Brigadas Internacionales en España. Si hubiera sabido que ochenta años después su monumento estaría abandonado y su país tendría un partido de ultraderecha en el gobierno, probablemente habría escrito un poema sobre ello. Era ese tipo de persona