Cronicas del Apocalipsis Pendiente 015
Despacho n.º 015 — Fecha: 1 de agosto de 2026
Desde Ighil Leghzel, Argelia. Costa de la Cabilia marítima, entre Azeffoun y Tigzirt. Una aldea bereber en un acantilado sobre el Mediterráneo que no aparece en ninguna guía turística porque ninguna guía turística ha llegado hasta aquí todavía. Unas pocas barcas de madera en la cala de abajo. Redes secándose al sol con ese olor específico a pescado y a sal y a tiempo que no tiene prisa. Sentado en una piedra plana junto al viejo pescador retirado que guarda la Thibarine debajo de su barca. Licor de dátiles tunecino que le llega de contrabando desde Tabarka y que comparte con la generosidad específica de quien tiene poco y lo ofrece todo.
El viejo pescador se llama algo que en castellano no existe y que en cabilio suena a la descripción de algo que ocurre en el mar cuando nadie está mirando. Lleva dos horas sin decir nada. El Mediterráneo está hoy quieto y azul y completamente ajeno a lo que está pasando a doscientos kilómetros al noroeste, al otro lado del agua, donde Ceuta lleva cuarenta y ocho horas siendo el centro del mundo conocido según la televisión española, italiana, danesa, finlandesa, sueca y la Comisión Europea. Desde Ighil Leghzel el mundo conocido tiene otro tamaño. El horizonte es el horizonte. El pescado se seca. La Thibarine sabe a dátiles y a decisiones que mañana habrá que justificar. La estoy bebiendo sin justificación previa, que es la única forma honesta de beberla.
Ceuta: cómo Marruecos usó a cincuenta mil personas como mensaje diplomático y Europa culpó al mensajero
La mayor avalancha migratoria hacia Ceuta coincidió con la celebración del 27º aniversario de la entronización de Mohammed VI. El rey se encontraba a veinticuatro kilómetros de la frontera. Del lado marroquí no había policía. Del lado español tampoco había suficiente para lo que venía. Analistas internacionales insisten en que estos repuntes coordinados forman parte del uso de los flujos migratorios como palanca diplomática por parte de Marruecos. El control de las fronteras terrestres se entrelaza con el choque de intereses sobre la soberanía del Sáhara Occidental.
La pregunta que nadie en los platós televisivos europeos formuló con la claridad que merecía es esta: ¿por qué ahora? La respuesta requiere mirar el contexto durante más de cuarenta y ocho horas seguidas, que es aproximadamente el doble del tiempo que el ciclo de noticias dedica a cualquier cosa antes de necesitar otro escándalo. Desde los Acuerdos de Abraham de 2020, Marruecos normalizó relaciones con Israel a cambio de que Washington reconociera la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. En enero de 2026, Rabat y Tel Aviv firmaron un plan de trabajo militar conjunto, y en febrero Washington y Marruecos suscribieron un memorando para la exploración de minerales críticos en el Sáhara. El triángulo Marruecos-Israel-EEUU lleva seis años consolidándose con la discreción de quien construye algo grande, mientras todo el mundo mira el escaparate de al lado.
España incomoda a ese triángulo. Reconoce el Estado palestino. Critica los bombardeos israelíes en Líbano y Gaza. Y el 20 de julio, Sánchez viajó a Argel acompañado por ministros y directivos de grandes compañías energéticas, con el objetivo declarado de reforzar el suministro de gas y normalizar la relación bilateral tras la crisis del Sáhara. Diez días después, la frontera de Ceuta se abrió sola.
Las fronteras no se abren solas. Tienen policías en un lado y policías en el otro, y cuando uno de los dos lados retira los policías, la frontera se convierte en otra cosa. Lo que ocurrió en Ceuta el 30 de julio tiene el mismo mecanismo que lo de mayo de 2021, que también coincidió con un momento de tensión bilateral. La repetición del mismo mecanismo en condiciones similares no es una coincidencia. Es una política. Llamarla crisis migratoria es como llamar al trueno ruido atmosférico. Técnicamente correcto. Útil para no hablar de lo que lo produce.
Al menos 60.000 personas entraron en Ceuta en menos de 48 horas. Al menos 19 murieron tratando de cruzar a nado. Los centros de acogida colapsaron. Sesenta mil personas usadas como instrumento de presión diplomática. Eso tiene nombre en cualquier vocabulario que no sea el de los estados. En el vocabulario de los estados se llama gestión de frontera. En cualquier otro vocabulario se llama usar a las personas como munición. Los estados llevan siglos haciéndolo porque para eso sirven los estados: para gestionar los intereses de quien los controla con los cuerpos de quien no los controla. El viejo pescador de Ighil Leghzel no parece sorprendido. Probablemente porque desde aquí, que fue fenicio, romano, árabe, otomano y francés en ese orden, la idea de que los estados usan a la gente como moneda de cambio no es una revelación. Es la historia del acantilado donde está sentado.
La solidaridad europea: Italia, Finlandia, Dinamarca y Suecia deciden que el problema de Ceuta lo tiene España
La primera ministra italiana, Meloni, fue la primera en sugerir la exclusión de España del espacio Schengen. Las ministras finlandesas del Interior y de Finanzas secundaron la propuesta. La primera ministra danesa, Frederiksen, expresó que la UE debe considerar todas las posibilidades, incluyendo la suspensión de la cooperación de Schengen con España. Suecia se sumó. La República Checa. Polonia dijo que España debería tomar ejemplo de Polonia en materia de control fronterizo, lo cual tiene la misma lógica que decirle a alguien que se ha caído al agua que debería aprender a nadar antes de tirarse.
Repasemos. Marruecos abrió su frontera. Sesenta mil personas cruzaron. Diecinueve murieron. España pidió solidaridad europea. La respuesta de sus socios europeos fue amenazar a España con expulsarla del espacio de libre circulación porque no controló suficientemente bien la frontera que Marruecos acababa de abrir adrede. Es la lógica de culpar al vecino porque le han robado en casa, mientras el ladrón sigue en la escalera. Es también la lógica de la Unión Europea ante cualquier crisis migratoria desde que existe la Unión Europea: el problema lo tiene el país donde llegan las personas, no el sistema que produce las condiciones para que huyan, ni los estados que usan esa huida como palanca diplomática o extorsión mafiosa.
Meloni, que Trump llamó cobarde hace tres semanas por defender al Papa, que la semana anterior había sido fulminada como favorita europea del presidente americano por no querer enviar dragaminas al estrecho de Ormuz, esa Meloni, encontró tiempo y energía esta semana para liderar la ofensiva contra España. La versatilidad ideológica de Meloni en cuarenta y ocho horas merece reconocimiento técnico: de víctima de Trump a verdugo de Sánchez sin pausa para café. Sánchez respondió señalando que Italia recibe más del doble de llegadas de inmigrantes irregulares que España entre 2021 y 2026, según datos de Frontex. El dato es verificable. Meloni no respondió al dato. Los datos en la política migratoria europea tienen el mismo efecto que los argumentos en una discusión de bar: los que quieren tener razón no los escuchan y los que los tienen, no necesitan el bar para saberlo.
Von der Leyen calificó las llegadas de "inaceptables" y pidió "devoluciones rápidas." No calificó de inaceptable que Marruecos hubiera retirado su policía. No calificó de inaceptable que diecinueve personas hubieran muerto en el agua. No calificó de inaceptable que Israel criticara la política migratoria española en la ONU cuando Israel tiene a un soldado documentado dándole martillazos a los Cristos en las aldeas del Líbano. Las cosas inaceptables de Von der Leyen son siempre las mismas: las que incomodan al bloque que la mantiene en el cargo. El resto son, en el mejor caso, preocupantes.
El problema lo tiene siempre el más débil de la mesa. Amigos que te tratan peor que tus enemigos y lo llaman política común europea. El viejo pescador de Ighil Leghzel lleva cuarenta años viendo pasar barcos por este Mediterráneo. No necesita que nadie le explique lo que pasa cuando un estado decide que las personas son una herramienta. Lo sabe porque vivió la independencia argelina y porque, su padre le contó lo que hacían los otros estados antes de ella.
Lo que se ve desde un acantilado bereber con Thibarine encima
Llevamos dos mil años de fenicios, romanos, árabes, otomanos y franceses pasando por este acantilado con un ejército y una bandera nueva, y lo que cada uno tenía en común con el anterior era exactamente esto: alguien que no era de aquí, decidiendo qué pasaba aquí con los cuerpos de los que sí eran de aquí. El nombre del sitio cambiaba. El mecanismo, no.
Lo de Ceuta esta semana es el mismo mecanismo con powerpoint. Un estado abre la frontera. Sesenta mil personas cruzan. Diecinueve se ahogan. Los otros estados culpan al estado que recibe. La institución que debería decir algo, dice "devoluciones rápidas." Y las sesenta mil personas siguen sin tener nombre en ningún comunicado oficial, porque los comunicados oficiales se escriben para los estados, no para las personas que los estados usan como argumento.
Desde Ighil Leghzel, donde nadie ha necesitado nunca que Bruselas le explicara cómo funciona el poder, la impracticabilidad resulta bastante menos evidente que desde el décimo piso de la Comisión Europea con vistas al parque del Cincuentenario.
El viejo pescador me ofrece más thibarine. Acepto. Si hay algo que Argelia sabe hacer bien, es destilar resignación en forma de licor dulce. Estados Unidos destila otra cosa. Destila la idea de que la libertad tiene precio, en efectivo, sin devoluciones.
El sol está bajando sobre el Mediterráneo de la Cabilia. El viejo pescador ha recogido sus cosas sin decir nada, me ha mirado un momento con la expresión de quien sabe exactamente lo que estoy pensando. Acaba de ofrecerme el último vaso de Thibarine. Eso, en cabilio, es una forma de decir que estamos de acuerdo. Las redes huelen a pescado seco y a siglos de personas cruzando este mar en las dos direcciones por razones que los estados de turno siempre han llamado de otra forma. Quizás es hora de que las personas sean el sujeto.
Llevan dos mil años siendo el objeto y están empezando a cansarse, aunque los estados todavía no se hayan dado cuenta, Que los estados vienen y van, pero la barca sigue ahí. Que la frontera es una línea que alguien dibujó en un mapa mojado. Que el mar no pregunta por pasaportes.
Teo García. Corresponsal. Pasaportes: varios, ninguno en regla desde 1989.
Este despacho fue escrito en Ighil Leghzel, aldea bereber de la Cabilia marítima argelina, entre Azeffoun y Tigzirt, en un acantilado sobre el Mediterráneo que no figura en ninguna guía turística. El viejo pescador retirado que guarda la Thibarine debajo de la barca lleva cuarenta años en esta cala. Ha visto pasar más estados que Teo, aunque Teo lleva ventaja en pasaportes. Ninguno de los dos tiene solución para lo que describe este despacho. Uno de los dos al menos tiene barca.