Crónicas del Apocalipsis Pendiente 016
Despacho n.º 016 — Fecha: 4 de agosto de 2026
Desde Neprištenci, Macedonia del Norte. Municipio de Tearce, laderas de la Šar Planina, poco más de ciento cincuenta habitantes, mayoría albanesa absoluta, mil metros de altitud y cero turistas desde que existe el pueblo, que es bastante tiempo. Rakija de albaricoque de contrabando kosovar que el vecino guarda en una garrafa de plástico sin etiqueta bajo la escalera, junto al gasoil. Queso de oveja de la Šar que huele a montaña y a siglos de no necesitar que ningún Ph.D. le explique nada.
Llegué aquí siguiendo indicaciones que combinaban tres idiomas distintos, dos gestos con la mano y un silbido, que en albanés significa algo que no he podido verificar, pero que probablemente no era bienvenido. El vecino de la garrafa me ha mirado con la expresión de quien ha visto pasar muchas cosas por esta montaña y ha llegado a la conclusión de que todas ellas, sin excepción, eran asunto de otros. Me ha puesto un vaso. He aceptado. La rakija de albaricoque sabe a veranos de cobre sin prisa y a fruta que alguien recogió de un árbol con sus propias manos, lo cual en 2026 es, casi, un acto de resistencia política.
Desde aquí, con la Šar Planina detrás y Kosovo a cuarenta kilómetros en línea recta, leo en mi teléfono, con la cobertura justa para cargar texto, pero no imágenes, un artículo publicado el domingo en El Mundo. Necesito otro vaso antes de comentarlo.
Sobre un catedrático español de residencia cosmopolita que escribe sobre inmigración en El Mundo con la rigurosidad estadística de un horóscopo de la SuperPop
El artículo se titula "Inmigración y multiculturalismo: España y Europa." Lo firma un catedrático español de residencia cosmopolita y argumento de sofá caro del catálogo de Ikea, cuya especialidad académica es la literatura comparada, lo cual lo convierte en exactamente el tipo de experto al que hay que consultar cuando uno quiere saber qué pasa con la inmigración en Europa, de la misma forma que uno consulta a un dentista cuando quiere saber qué le pasa al motor del coche. La firma que aparece en El Mundo dice Juan Antonio. La firma que aparece en sus publicaciones académicas en inglés dice John A. Ninguna persona con una relación estable consigo misma cambia su nombre según el idioma del texto, a menos que lo haga por razones de posicionamiento en cada mercado, lo cual es perfectamente legítimo en un sistema donde el conocimiento se prostituye al mejor pagador, y la identidad es una variable de ajuste curricular. Sin embargo, resulta, cuánto menos, curioso, en alguien que escribe un artículo sobre la importancia de preservar la identidad cultural de los pueblos frente a la transformación que produce la convivencia con el otro. Juan en España, John A. en Edimburgo, Malta o Milwaukee. La identidad, como veremos, es flexible según el contexto.
El artículo arranca comparando la entrada de sesenta mil personas en Ceuta con el sitio otomano de Viena de 1683. Migrantes económicos que cruzan una frontera que Marruecos "abrió" adrede equivalen, en la escala histórica de Juan Antonio o John A., a un ejército imperial asediando una capital europea. La proporción intelectual de este arranque marca el tono del resto del texto con la precisión de quien no se ha dado cuenta de que acaba de revelar, exactamente, hasta dónde llega su rigor.
Los datos que no son datos, o cómo usar el término "millones" cuando se quiere decir "porcentaje"
Aquí es donde el artículo abandona el territorio de la opinión discutible y entra en el territorio de la aritmética verificable, que es un territorio peligroso para quien no lleva buena munición.
El catedrático escribe que desde 1990 la población extranjera de Suecia ha pasado de 9,2 a 20,8 millones. Suecia tiene 10 millones de habitantes en total. Si hubiera 20,8 millones de extranjeros en Suecia, habría más del doble de inmigrantes que suecos, lo que habría producido noticias considerablemente más llamativas que un artículo de opinión en El Mundo. Dinamarca, según el mismo texto, ha pasado de 4 a 16 millones de extranjeros. Dinamarca tiene 6 millones de habitantes. Si fuera cierto, Dinamarca sería el único país del mundo donde los inmigrantes triplican a la población nativa y seguiría llamándose Dinamarca, lo que sería en sí mismo, el experimento multicultural más exitoso de la historia occidental y valdría un Nobel de integración.
Los datos correctos son porcentajes de la población, no millones de personas. Y no es un error en un dato. Es el mismo error categórico en cada uno de los países europeos que cita, con la consistencia de quien no se ha equivocado, sino que ha elegido. Un catedrático que comete el mismo error de unidad de medida en cinco cifras consecutivas, en un artículo publicado en un periódico nacional, no ha tenido un mal día. Ha tomado una decisión. Una decisión que no sólo demuestra vileza ideológica, que también, sino algo considerablemente más grave para alguien que cobra por pensar: indigencia académica. El catedrático que critica la baja calidad del sistema educativo español es, en este artículo, su mejor ejemplo disponible, con la diferencia de que, el suyo es un caso de baja calidad educativa internacional, ampliando el problema a una escala que ni el propio CIS habría contemplado en sus barómetros. Juan Antonio o John A. se ha convertido, sin proponérselo, en el argumento más sólido contra sí mismo. Es un logro. No cualquiera consigue refutarse en el mismo texto en que argumenta. Hace falta una deformación muy específica para llegar hasta ahí.
La diferencia entre decir que el 20% de la población sueca es extranjera, y decir que hay 20 millones de extranjeros en Suecia, no es un matiz tipográfico. Es la diferencia entre un dato y una alarma de incendio. El catedrático eligió la alarma. El Mundo la publicó sin preguntar si había fuego. Rigor periodístico, como de costumbre.
En primero de bachillerato, un alumno que confunde porcentajes con millones en un ejercicio de estadística recibe un comentario al margen del profesor, además del suspenso. Aquí el comentario al margen lo pone El Mundo en portada. Que Juan Antonio o John A. lleve años dando clases en una universidad escocesa sin que nadie le haya corregido este tipo de desliz dice algo sobre las universidades de renombre, sobre los medios españoles o sobre ambos simultáneamente, aunque sobre cuál de los dos dice más, lo dejo a criterio del lector.
El concepto "extranjero" y su aplicación selectiva según el color de pasaporte
El texto usa el término extranjero con una flexibilidad semántica que merece atención. En Europa, extranjero es quien no es europeo. En Milwaukee, sin embargo, el 63% de la población era de origen europeo en los años de juventud del autor, dato que el catedrático cita para lamentar que hoy sea solo el 34%. El problema, que Juan Antonio o John A. no menciona, es que Milwaukee no está en Europa. Si el 63% de la población de Milwaukee era de origen europeo, al menos el 63% de la población de Milwaukee era extranjera, porque ninguno de ellos nació en Milwaukee desde el principio de los tiempos. Los primeros habitantes de Milwaukee eran los menominee y los potawatomi, que tienen una opinión sobre la inmigración europea que el catedrático ha decidido no incluir en su análisis, probablemente por "razones de extensión".
El criterio real de lo que cuenta como extranjero en el artículo no es la nacionalidad ni el origen geográfico. Es otra cosa que el autor no nombra directamente, pero que cualquier lector con dos dedos de frente identifica sin necesidad de una cátedra en literatura comparada. El texto llama transformación sociocultural a lo que en otros contextos se llama de otra forma, y lo hace con el cuidado de quien sabe exactamente qué está diciendo, y ha decidido decirlo en un registro que le permita negarlo si alguien pregunta. Un catedrático de literatura sabe perfectamente lo que hace con las palabras. Eso es, precisamente, lo más inquietante del texto. Goebbels estaría orgulloso.
El Mundo como detonante del problema que El Mundo critica
Hay un detalle que el artículo omite con la elegancia de quien sabe que mencionarlo arruinaría el argumento. El 30 de julio, El Mundo publicó un artículo titulado "España no puede devolver migrantes" sobre una sentencia del Tribunal Supremo. El artículo circuló en redes sociales marroquíes con la velocidad específica de los titulares que dicen exactamente lo que alguien estaba esperando escuchar. Al día siguiente, la frontera de Ceuta se asaltó. Periodistas marroquíes y analistas de migración documentaron la relación entre el titular y el movimiento en la frontera con la puntualidad de quien tiene capturas de pantalla.
El Mundo publica el martes un artículo que contribuye documentadamente a desencadenar la crisis. El domingo publica un artículo de un catedrático criticando la gestión del gobierno de esa misma crisis. Es el pirómano escribiendo la crónica del incendio con indignación genuina ante el fuego y la actuación de los bomberos. La coherencia editorial de El Mundo en esta secuencia tiene una elegancia que, si no fuera tan cínica, casi merecería admiración técnica.
Lo que no aparece en el artículo
Marruecos no aparece como sujeto activo de nada. La retirada de la policía marroquí de la frontera no aparece. Los Acuerdos de Abraham no aparecen. El plan de trabajo militar Marruecos-Israel firmado en enero no aparece. El memorando Marruecos-EEUU sobre minerales del Sáhara firmado en febrero no aparece. El viaje de Sánchez a Argel el 20 de julio no aparece. La relación entre ese viaje y la apertura de la frontera diez días después no aparece. El triángulo geopolítico Marruecos-Israel-EEUU como contexto de la crisis no aparece.
Lo que sí aparece es una llamada al PP para que articule una política migratoria más dura, una referencia a Dinamarca como modelo a seguir, sin mencionar que Dinamarca tiene uno de los estados del bienestar más sólidos de Europa construido por décadas de socialismo escandinavo, y varios datos sobre porcentajes de población extranjera escritos en millones de personas que nadie en la redacción de El Mundo verificó antes de publicar.
Un análisis de la crisis de Ceuta que no menciona por qué ocurrió la crisis de Ceuta no es un análisis. Es un argumento con datos decorativos y conclusión precocinada. Hecho que, desde Neprištenci, con la rakija de albaricoque, el queso de oveja y la Šar Planina detrás, resulta perfectamente visible, aunque uno no tenga una cátedra en ninguna disciplina académica que permita firmar como Juan Antonio en un idioma y como John A. en otro.
El vecino de la garrafa ha vuelto a llenarme el vaso sin preguntar. En esta aldea viven albaneses que son ciudadanos de Macedonia del Norte, que hablan albanés y macedonio, que rezan en mezquita los viernes y van al mercado en Tetovo los sábados, que tienen familia en Kosovo, en Albania y en Suiza, y que llevan generaciones siendo exactamente lo que son, sin que nadie en ninguna universidad de nombre pedante haya necesitado escribir un artículo alarmado sobre la transformación sociocultural que representan. Están aquí. Hacen queso. Destilan rakija. No han invadido nada. No han asaltado ninguna capital europea desde 1683.
El vecino no sabe quién es Juan Antonio o John A. Tampoco sabe qué es El Mundo. Sabe hacer rakija de albaricoque que a la tercera copa empieza a tener más razón que cualquier artículo de opinión de El Mundo, por mucho Ph.D. que lo firme.
Le doy la razón. Me sirve otra copa. Estamos de acuerdo en lo fundamental.
Teo García. Corresponsal. Pasaportes: varios, ninguno en regla desde 1989.
Este despacho fue escrito en Neprištenci, Macedonia del Norte, aldea albanesa en las laderas de la Šar Planina, municipio de Tearce, a cuarenta kilómetros de Kosovo y a una distancia cultural considerable de cualquier redacción madrileña. El vecino de la garrafa de rakija no tiene nombre transcribible en ningún alfabeto latino. Tiene, en cambio, un queso de oveja que desmiente más argumentos por gramo, que cualquier artículo de opinión de El Mundo, por mucho Ph.D. que lo firme.