Crónicas del Apocalipsis Pendiente 017
Despacho n.º 017 — Fecha: 23 de agosto de 2026
Desde: Desde los alrededores de Novi Pazar, Serbia. Una aldea de montaña sin nombre en el mapa que uso, con nombre en el de la señora que me ha invitado a cenar. Ćevapi casero de cordero a la brasa. Rakija de kupina, moras negras, que hace el hijo de la casa en el viejo kazan del abuelo cuando vuelve de Austria en verano. Fresca. Con ese sabor específico a fruta y a destilación artesanal, que en los Balcanes equivale a una declaración de principios.
La señora viuda se llama algo que pronuncio mal y ella corrige con infinita paciencia cada vez que lo intento. Lleva media vida sola en esta aldea desde que su marido murió en una obra en Alemania hace veinte años. Cobra una pensión de viuda que no alcanza para mucho. Su hijo envía dinero desde Viena. Cuando vuelve en agosto destila rakija, arregla lo que se haya roto durante el año y se va. La señora lo espera los once meses restantes. Esta escena se repite en miles de aldeas de los Balcanes. Se llama migración económica. En El Mundo, la semana pasada la llamaban otra cosa.
Tomo nota mientras el ćevapi se enfría y la rakija de kupina aclara el pensamiento con la brusquedad de quien no tiene tiempo para sutilezas.
Un vicedecano de Wharton explica desde El Mundo que la jubilación es un error, y los jubilados toman nota
Mauro Guillén es doctor en Sociología por Yale, vicedecano de la Wharton School de la Universidad de Pensilvania y autor del concepto perennial, que es la forma académicamente empaquetada de decir que la gente mayor sigue siendo relevante para el mercado. El 7 de agosto concedió una entrevista a El Mundo en la que dijo que la jubilación es un error. Que la gente se jubila y queda aislada y se aburre. Como prueba puso que muchos jubilados se ponen a conducir Uber. No porque necesiten el dinero, aclaró, sino porque se sienten solos.
Detengámonos aquí un momento con la rakija.
Uber es una empresa que no paga seguridad social a sus conductores, no garantiza salario mínimo, no ofrece vacaciones, no tiene convenio colectivo y convierte sistemáticamente a sus trabajadores en falsos autónomos, con una arquitectura jurídica diseñada específicamente para que el riesgo lo asuma quien conduce, y el beneficio lo recoja quien tiene las acciones. Que el vicedecano de Wharton use el trabajo en Uber como ejemplo de realización personal en la vejez, dice todo lo que necesita decirse sobre la Wharton School y nada que no supiéramos ya.
El argumento central del artículo es que vivimos más años y por tanto trabajar hasta más tarde es razonable. Guillén lo formula con la elegancia académica de quien ha pasado suficiente tiempo en universidades de élite como para haber olvidado que, la diferencia entre su jubilación y la jubilación de un peón de almacén con las rodillas destruidas a los 62, es una diferencia que el concepto perennial no contempla en ninguna de sus páginas. El vicedecano de Wharton podrá seguir siendo productivo y relevante a los 70 porque trabaja sentado en un despacho con aire acondicionado, pensando cosas y escribiéndolas. El señor que lleva treinta años descargando camiones a las cinco de la mañana tiene una relación con la longevidad laboral considerablemente más complicada, pero esa persona, no es el público objetivo de los libros de Wharton, ni de las entrevistas de El Mundo.
La pregunta que da título al artículo es "¿qué haces esos 30 años?" La pregunta asume que una persona sin trabajo remunerado no tiene nada que hacer. Que treinta años de tiempo libre son un problema existencial que hay que resolver volviendo al mercado laboral. La respuesta que el artículo no contempla es: leer, descansar, disfrutar de los nietos, cultivar un huerto, viajar, hacer lo que el mercado laboral no dejó hacer durante cuarenta años. Pero esa respuesta no genera retorno para ningún fondo de pensiones, ni cotización para ningún sistema de Seguridad Social, así que el vicedecano de Wharton no la menciona, porque no es el tipo de actividad que aparece en sus modelos.
La solución que propone Guillén para el problema de las pensiones es: reducir los beneficios un 10%, aumentar la edad de jubilación dos o tres años e invertir los fondos en Bolsa. Las tres medidas perjudican a los trabajadores y benefician al capital, con la tercera llevándose el premio a la creatividad: invertir los fondos de pensiones públicas en Bolsa es privatizar el sistema de pensiones, usando el dinero de los trabajadores como capital de riesgo. Si la Bolsa sube, los fondos de inversión cobran comisiones. Si la Bolsa baja, los jubilados cobran menos. El riesgo lo asume quien menos puede permitírselo, como siempre. Guillén lo llama "invertir un poquito más agresivamente." En Wharton le llaman así. Fuera de Wharton se llama jugar con el dinero de los demás, con las ganancias privatizadas y las pérdidas socializadas, que es también la descripción exacta del sistema financiero que produjo la crisis de 2008, pero no hace falta irse tan lejos.
¿Por qué hay poca natalidad? Dato que Guillén usa como problema demográfico a resolver. Porque los jóvenes no pueden permitirse tener hijos. ¿Por qué no pueden?: Porque los salarios son bajos, el alquiler es inaccesible y la precariedad laboral es estructural. La solución a todos esos problemas no es que los jubilados sigan conduciendo Uber. Es que los jóvenes tengan condiciones dignas para vivir. Pero esa solución requeriría tocar la distribución de la riqueza, y eso no se estudia en Wharton. En Wharton se estudia cómo optimizar la extracción de valor dentro de la distribución existente. Son disciplinas distintas.
La señora viuda de al lado cobra una pensión de viuda que no alcanza. Su hijo manda dinero desde Viena. Guillén dice que la inmigración salvará a Europa. Tiene razón en los datos. Lo que no menciona, es que ese hijo que manda dinero desde Viena, probablemente trabaja en condiciones de precariedad que el modelo económico que Guillén defiende produce sistemáticamente. El sistema necesita al hijo en Viena para que cotice.
El mismo sistema produce las condiciones que lo mandaron a Viena desde esta aldea. Es circular, pero en Wharton la circularidad no aparece en los modelos, porque los modelos tienen que caber en una presentación de PowerPoint.
Ben Gvir construye horcas para palestinos con cabinas de observación para las familias, y el mundo anota la noticia entre el tiempo y los deportes
El martes 19 de agosto, Itamar Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Israel, publicó un vídeo en Telegram mostrando la construcción de lo que él mismo llamó "instalación de ahorcamiento" para palestinos condenados por tribunales militares. La instalación incluirá cabinas de observación desde las que los familiares de las víctimas podrán ver la ejecución en directo. "Prometí aprobar la ley de pena de muerte para terroristas y lo hice. Ahora el corredor de la muerte y el centro de ejecución también empiezan a tomar forma", declaró Ben Gvir con la satisfacción de quien cumple una promesa electoral. "Estamos haciendo historia."
Efectivamente, están haciendo historia. La ley que permite estas ejecuciones fue aprobada por la Knesset en marzo con 62 votos a favor. Se aplica exclusivamente a palestinos juzgados por tribunales militares, bajo una jurisdicción donde el 99% de los procesados son condenados, según las propias organizaciones israelíes de derechos humanos. No se aplica a ciudadanos israelíes, que son juzgados por tribunales civiles. Ben Gvir propuso además, ejecutar entre 30 y 40 palestinos por noche en Gaza porque, en sus palabras, "ni siquiera son personas." La instalación de ahorcamiento con cabinas de observación para las familias es la versión arquitectónica de ese argumento.
El secretario general de la ONU, Guterres, condenó la medida. La relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, dijo que el genocidio continúa. Los líderes europeos emitieron declaraciones de preocupación, con la temperatura emocional de un acuse de recibo. El Tribunal Penal Internacional tiene una orden de arresto contra Netanyahu que los países europeos siguen sin ejecutar, porque les resulta diplomáticamente incómodo. Ben Gvir no tiene orden de arresto internacional. Tiene, en cambio, un ministerio, un presupuesto, un Telegram con millones de seguidores y una instalación de ahorcamiento en construcción. El mundo anota la noticia y pasa a la siguiente, que es lo que el mundo lleva haciendo desde octubre de 2023 y que a estas alturas tiene el ritmo de un proceso industrial.
Ben Gvir fue condenado ocho veces por incitación al racismo y apoyo a organizaciones terroristas antes de convertirse en ministro. Es el extremista más peligroso que ha tenido el gobierno israelí en toda su historia, según sus propios analistas internos. Y es ministro. Tiene la cartera de Seguridad Nacional. Controla la policía y el sistema penitenciario. Y construye horcas con cabinas de observación, mientras el Tribunal Penal Internacional procesa papeles y los gobiernos europeos estudian el momento oportuno para hacer algo, que probablemente nunca harán, porque el momento oportuno en diplomacia europea llega aproximadamente cuando el problema ya no tiene solución.
El Tribunal Penal Internacional y la lista de países que nunca ha condenado, por si alguien tenía dudas sobre para qué sirve
El Tribunal Penal Internacional tiene orden de arresto contra Netanyahu y Gallant por crímenes de guerra en Gaza. Los países europeos no la ejecutan. Tiene investigación abierta sobre Rusia por Ucrania. Rusia no reconoce su jurisdicción. Tiene casos abiertos en África, en los Balcanes, en América Latina. Lo que no tiene, en setenta y ocho años de existencia de justicia penal internacional en sus distintas formas, es una sola condena firme contra un ciudadano de los Estados Unidos de América por ningún crimen de guerra cometido en ningún lugar del mundo en ningún conflicto de los últimos ochenta años.
Vietnam. Laos. Camboya. Irak. Afganistán. Siria. Yemen, donde EEUU ayuda logísticamente a Arabia Saudí. La lista de conflictos donde ciudadanos americanos han participado en acciones, que en otros acusados se llaman crímenes de guerra, es lo suficientemente larga como para que su ausencia en los registros del tribunal, no sea una casualidad estadística. Es una arquitectura. El sistema de justicia internacional fue diseñado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Los vencedores de la Segunda Guerra Mundial no se juzgan a sí mismos. Llevan ochenta años sin hacerlo.
Esto no es un argumento a favor de la impunidad rusa, ni israelí, ni de ningún otro actor. Es un argumento a favor de llamar al sistema por su nombre. El Tribunal Penal Internacional no es un tribunal universal. Es un tribunal que juzga a los que no tienen suficiente poder para impedir que los juzguen. Los que sí tienen ese poder financian el sistema, le dan legitimidad simbólica y se aseguran de quedar fuera de su jurisdicción efectiva, mediante la sencilla técnica de no ratificar el Estatuto de Roma, que es lo que hizo Estados Unidos en 2002 cuando Clinton lo firmó y Bush lo retiró, antes de que el Senado lo ratificara, con el argumento explícito de que los soldados americanos no podían quedar sujetos a jurisdicción internacional. El argumento es honesto en su deshonestidad. Las reglas son para los demás. Siempre lo han sido. Solo que, hay que decirlo en voz alta de vez en cuando para que no parezca que es una ley natural.
La señora viuda de al lado no sabe nada de esto. Sabe que su marido murió en una obra en Alemania hace veinte años y que nadie le explicó exactamente cómo, ni exactamente por qué, las condiciones de seguridad en aquella obra eran lo que eran. Nadie fue a ningún tribunal por eso. El hijo manda dinero desde Viena. La rakija de kupina está fresquísima. El kazan del abuelo lleva décadas funcionando. Algunas cosas duran más que los tribunales, y funcionan mejor.
El ćevapi se ha enfriado, pero sigue estando bueno. La señora me ha puesto otro vaso sin preguntar y me ha dicho algo que no he entendido del todo, pero que por el tono, sonaba a una observación sobre el estado general del mundo que coincidía con la mía. Le he dado la razón. Ha asentido. Hemos terminado de cenar en silencio, la forma más sincera de terminar una conversación sobre estas cosas.
Teo García. Corresponsal. Pasaportes: varios, ninguno en regla desde 1989.
Este despacho fue escrito en una aldea sin nombre en el mapa, cerca de Novi Pazar, Serbia, en compañía de una señora viuda cuyo nombre pronuncio mal y una rakija de moras que su hijo destila en el kazan del abuelo, cuando vuelve de Austria en agosto. El hijo tiene treinta y cuatro años y cotiza en el sistema austriaco de pensiones. Cuando se jubile, si el sistema sigue en pie, cobrará una pensión austriaca. La señora cobrará la misma pensión de viuda serbia de siempre. Mauro Guillén dice que eso es un error. La señora tiene otra opinión, pero no habla inglés y El Mundo no tiene oficina en los Balcanes.