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Crónicas del Apocalipsis Pendiente 021

Despacho n.º 021 — Fecha: 24 de septiembre de 2026

Desde: Kikinda, Serbia. Festival de la calabaza gigante. Al atardecer, sentado en una kapija junto a dos agricultores y el kazan de cobre del 63, que destila la última rakija de dunja de la temporada. En el vaso, la de kajsija de agosto, que sabe a albaricoque y a verano que ya no está. El kazan hace su trabajo con la parsimonia de quien lleva sesenta y tres años en esto y no necesita que nadie le explique nada. Las calabazas del festival pesan más que los argumentos de varios de los personajes de este despacho, lo cual no es una metáfora, sino una constatación empírica.

Canal en Kikinda

Kikinda huele a mosto y a tierra húmeda y a calabaza asada. Las calabazas gigantes del festival están alineadas en la plaza como una declaración de principios sobre lo que importa en este rincón del mar panónico: que las cosas crezcan, que la tierra dé, que el kazan destile. Los dos agricultores de la kapija llevan la tarde entera hablando de precios, de semillas, de cuándo va a llover. No han mencionado a Netanyahu, ni a Putin, ni a Von der Leyen. Son los hombres más cuerdos que he conocido esta semana. La kajsija está fría y dulce, y los últimos rayos del sol caen sobre el kazan yugoslavo con la misma luz de todas las temporadas anteriores.

Desde aquí, con el olor a dunja recién destilada y la plaza llena de calabazas, informo del estado del mundo.

Netanyahu en la ONU: el hombre con orden de arresto internacional explica al mundo cómo funciona la moral

Esta tarde, mientras el kazan “made in YU” empezaba a destilar la primera gota de dunja, Benjamin Netanyahu subía al estrado de la Asamblea General de la ONU en Nueva York. Antes de que pudiera abrir la boca, decenas de delegaciones se levantaron y se fueron. La sala quedó con amplias zonas vacías. La Misión Palestina había pedido previamente a los países que se marcharan colectivamente al anunciarse su intervención. Muchos lo hicieron.

Netanyahu respondió antes de empezar: "Si hay más cobardes morales que quieran irse de la sala, que lo hagan ahora." Un acusado por la CPI de crímenes de guerra y de lesa humanidad llamando cobarde moral al diplomático que prefiere no escucharle, tiene una lógica interior apabullante.

El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, pidió ejecutar la orden de arresto mientras Netanyahu estaba en la ciudad. Estudió las vías legales. Concluyó que las competencias son federales y el gobierno federal es Trump. Ahí se cerró el asunto, con la elegancia de un cajón que no tiene fondo. La policía neoyorkina detuvo a un centenar de manifestantes en las calles. Netanyahu dentro, hablando, libre. Los manifestantes fuera, esposados. El sistema funciona.

En su discurso, Netanyahu arremetió contra Reino Unido y Francia por su pasado colonialista. Un primer ministro que lleva dos años bombardeando Gaza, planificando la expulsión de 1,86 millones de personas y construyendo horcas con cabinas de observación para las familias, reprochando el colonialismo ajeno, produce un tipo de vértigo intelectual que no tiene nombre todavía en ningún manual de retórica, aunque debería. Alguien en alguna universidad va a escribir una tesis sobre esto. Probablemente la titule "La audacia como sustituto de la coherencia: un estudio de caso."

Lo que Netanyahu no mencionó esta tarde: la orden de arresto. Las horcas. El plan de Ben Gvir. Los ciento cuatro muertos bajo custodia. Las doscientas veinte violaciones del alto el fuego en el Líbano. Tiene un talento notable para la selección temática. Los diplomáticos que se fueron también seleccionaron. Ninguno dijo nada. Solo que uno habló durante cuarenta minutos y los otros se levantaron en silencio, y el silencio fue considerablemente más honrado.

Putin gana las elecciones con puntos canjeables por premios mientras Ucrania lanza 1.900 drones sobre Moscú

El 20 de septiembre, Rusia celebró elecciones parlamentarias. Rusia Unida obtuvo 355 de los 450 escaños de la Duma con el 57,8% de los votos. Resultado récord. El único partido antibelicista, que había superado los filtros iniciales, fue excluido por el Tribunal Supremo semanas antes. Los observadores de la oposición fueron expulsados de varios colegios electorales. Para incentivar el voto electrónico, el gobierno ofreció puntos canjeables por premios. La democracia como programa de puntos de gasolinera, pero con más burocracia y menos café gratis.

La noche del sábado al domingo, mientras se desarrollaba la última jornada de votación, Ucrania lanzó más de 1.900 drones contra Moscú. Dos muertos. Una refinería dañada al noreste. Un aeródromo en Rostov. Los moscovitas votaron con sirenas de fondo y humo en el horizonte. El resultado no estaba en duda, porque el resultado nunca está en duda, que es también la única característica que estas elecciones comparten con las matemáticas.

El dato más revelador no está en los resultados, sino en la encuestología rusa. La confianza espontánea en Putin, donde el encuestado nombra libremente en quien confía, cayó al 29,5% en abril. La confianza dirigida, donde se pregunta directamente ¿confía en Putin, sí o no?, se mantiene en el 73%. El VTsIOM, el centro de encuestas estatal, dejó de publicar el primer método cuando obtuvo ese resultado. Publicar los datos que no convienen es una forma de periodismo. No publicarlos es otra forma de gobierno. Rusia practica la segunda con mucha más consistencia que la primera.

Rusia Unida tiene ahora mayoría constitucional para cambiar la constitución, que Putin ya cambió en 2020, para poder gobernar hasta 2036. En Moscú, mientras tanto, siguen reparando la refinería. Las sirenas siguen sonando. Los puntos por el voto electrónico probablemente ya se han canjeado. Por lo general, en estos programas, el café sale bastante caro.

Burkina Faso recupera sus minas de oro y el Financial Times lo llama riesgo para los inversores, que es también una forma de confirmar que algo va bien

Hay una noticia que los medios financieros occidentales cuentan como problema y que, desde la kapija de Kikinda, resulta bastante menos problemática de lo que los titulares sugieren.

El capitán Ibrahim Traoré lleva dos años haciendo una cosa simple y escandalosa: dejar el oro de Burkina Faso en Burkina Faso. En junio de 2025 completó la transferencia de cinco minas de empresas occidentales al Estado por 60 millones de dólares. En agosto de 2026 inauguró la primera refinería de oro del país en Uagadugú. Los resultados de 2025: 94 toneladas de oro producidas, crecimiento del 6,5%, excedente cerealero histórico del 126,6%. Por primera vez en décadas, el país produce más cereal del que consume.

El contexto que ilumina por qué esto es notable: Mali tiene 860 minas de oro, produce 50 toneladas al año y no guarda ni una onza en sus propias cámaras. Francia guarda 2.436 toneladas en las suyas. EEUU, 8.133. Sin tener ni una mina. El oro de África lleva siglos llegando a bóvedas europeas y americanas con la puntualidad de quien tiene un contrato muy bien redactado, y el poder suficiente para hacerlo cumplir. La primera refinería en Uagadugú es la primera vez que parte de ese proceso se interrumpe. El Financial Times lo llama riesgo para los inversores. Es también la descripción más honesta que ese periódico ha producido en años sobre quién se beneficiaba del sistema anterior.

El matiz es obligatorio porque la realidad lo exige: HRW documentó más de 1.800 civiles muertos desde 2023, incluyendo ejecuciones atribuidas al propio ejército y sus milicias. Las elecciones están aplazadas hasta 2029. La prensa está amordazada. La coordinadora de la ONU fue expulsada en agosto. Burkina Faso no es una historia de éxito sin contradicciones. Es un país que hace algo correcto dentro de un contexto brutal, lo cual lo convierte en algo más interesante y más incómodo que un cuento de hadas antiimperialista, o que una historia de inestabilidad africana. Ninguno de los dos relatos completos. Los dos convenientes para quien los cuenta.

El kazan del 63 ha destilado la primera gota de dunja. Uno de los agricultores la ha recogido en un vaso pequeño, la ha olido, ha cerrado los ojos un momento y ha asentido despacio. No ha dicho nada. Los otros dos tampoco. En Kikinda, cuando la primera dunja de la temporada huele bien, no hace falta añadir nada. Esta semana me ha parecido el protocolo más razonable que he visto en ningún sitio.

Teo García. Corresponsal. Pasaportes: varios, ninguno en regla desde 1989.

Este despacho fue escrito en Kikinda, Serbia, durante el Festival de la Calabaza Gigante, en compañía de dos agricultores y un kazan de cobre del 63 made in YU. Las calabazas del festival pesan entre 400 y 600 kilos. La situación del mundo pesa lo que pesa. Otro día sin Netanyahu ante el CPI.