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Crónicas del Apocalipsis Pendiente 022

Despacho n.º 022 — Fecha: 5 de octubre de 2026

Desde: Akritas, Macedonia occidental, Grecia. Antes Boufi, que es como la siguen llamando los vecinos que tienen más de sesenta años y menos ganas de seguir la corriente oficial. 86 habitantes. Frontera con Macedonia del Norte a diez kilómetros. Al final del verano, cuando la uva está madura, y a las ovejas ya les comienza a crecer la nueva lana. Tsipouro casero, de los últimos que se hacen todavía en alambique propio por aquí, con el orujo fresco de esta vendimia. Una pita de queso de oveja que ha traído el pastor de la majada de arriba. Estamos en la cuna de la democracia, según el folleto turístico. El tsipouro no ha leído el folleto.

Ovejas pastando

El pueblo tiene dos nombres. El oficial, griego, impuesto por decreto en algún momento del siglo XX, cuando el Estado decidió que los topónimos eslavos de Macedonia occidental eran un problema de seguridad nacional. Y el otro, el que usan los mayores entre ellos cuando no hay nadie con uniforme cerca. Akritas en el papel. Boufi en la cocina. La democracia, desde sus orígenes, ha tenido esta habilidad específica para gestionar la realidad cambiándole el nombre.

Desde aquí, con el orujo nuevo en el alambique y la pita de queso encima de la piedra, informo del estado de las últimas encarnaciones de la democracia.

Brasil, o cómo la franquicia política más eficiente de América Latina funciona perfectamente sin el producto original

El domingo 4 de octubre, Brasil celebró la primera vuelta de sus elecciones presidenciales. Flávio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro, e hijo primogénito del expresidente Jair Bolsonaro, obtuvo el 47% de los votos frente al 44,9% de Lula. Al balotaje el 25 de octubre como favorito. Milei lo felicitó antes de que terminara el recuento, lo cual dice algo sobre Milei y también, algo sobre los nuevos protocolos de la fraternidad ultraderechista latinoamericana: no hace falta esperar a los resultados cuando ya sabes quién quieres que gane, o quién va a ganar.

El padre, Jair, está en la cárcel condenado por intento de golpe de estado. El hijo Flávio va camino de la presidencia. Michelle Bolsonaro, la esposa, ganó un escaño en el Senado. Carlos Bolsonaro, otro hijo, también ganó el Senado por Santa Catarina. En el tiempo que tarda una familia normal en decidir dónde ir de vacaciones, los Bolsonaro han colonizado tres de las principales instituciones del Estado brasileño con el patriarca entre rejas. Es la operación de gestión familiar más eficiente documentada en la historia política de América Latina desde los Somoza, con la diferencia de que los Somoza, al menos, estaban todos libres al mismo tiempo.

El combustible del motor es el voto evangélico. Brasil tiene aproximadamente 212 millones de habitantes y más de 630.000 iglesias evangélicas, lo que supone una iglesia por cada 336 personas, ratio que supera ampliamente al de cualquier otro servicio público del país incluyendo hospitales, escuelas y juzgados, incluso todos juntos. Los pastores evangélicos no son líderes religiosos en el sentido contemplativo del término. Son operadores políticos con púlpito, red de distribución capilar y acceso directo a la conciencia de sus feligreses una vez por semana mínimo. Bolsonaro hijo no tiene el carisma del padre, que tampoco tenía tanto siendo sinceros. Tiene algo más útil: la infraestructura. Las encuestas le daban segundo. Quedó primero. Las encuestas no cuentan bien los votos que se forman en los éxtasis del domingo por la mañana.

Lula tiene 80 años y ha perdido la primera vuelta de unas elecciones que se suponía que iba a ganar. El 25 de octubre se define. Brasil lleva cuatro años siendo el laboratorio más grande del mundo para el experimento de si la democracia puede sobrevivir a quien intenta destruirla desde dentro. El experimento continúa. El laboratorio está en llamas. Los técnicos siguen tomando notas.

España, o la derecha que pierde antes de empezar el partido y la izquierda que negocia contrarreloj lo que lleva meses sin querer negociar

Esta mañana, mientras el tsipouro empezaba a correr por el alambique, Pedro Sánchez anunciaba elecciones generales anticipadas para el 29 de noviembre. El Congreso tumbó el viernes los dos decretos de vivienda y Sánchez tardó un fin de semana en decidir lo que probablemente tenía decidido desde antes. 54 días de campaña. Felipe VI firmó el decreto. Mañana sale en el BOE. El partido empieza hoy.

La derecha española llevaba meses, o años, preparando el campo antes de que hubiera campo. Ayuso convocó a la dirección del PP de Madrid para alertar de un posible fraude electoral sin elecciones convocadas, sin fecha, sin urnas. La técnica tiene nombre en la literatura politológica americana: pre-bunking de resultados adversos. Consiste en inocular la idea del fraude en el electorado propio antes de que ocurra nada, de forma que si pierdes, ya tienes el relato preparado y si ganas, el relato no hace falta. Es la única estrategia electoral que funciona independientemente del resultado, lo cual la convierte en la innovación más rentable que ha producido el trumpismo para exportación. El PP la ensaya desde 2023 con el voto por correo. Vox amplifica. Los medios del ecosistema derechista distribuyen. Ningún tribunal ha apreciado irregularidad en ninguna elección donde se ha denunciado fraude.

Lo cual tiene su propia ironía, porque el PP es también el partido que acumula el mayor número de denuncias documentadas por irregularidades electorales reales en España en los últimos años: delegados del partido acompañando a personas mayores a votar con instrucciones sobre qué papeleta meter, votos por correo solicitados en nombre de otros sin su conocimiento, compra de votos en municipios de Jaén, Melilla y otras provincias, donde los partidos conservadores llegaron a controlar hasta el 70% de los casos denunciados. El fraude electoral en España tiene historial verificable. El partido que más aparece en ese historial es el mismo que lleva meses alertando del fraude que viene. La coherencia y la memoria son selectivas.

El fraude que no existe en los juzgados, existe perfectamente en el imaginario del votante que lo ha escuchado suficientes veces. La repetición es el método. La repetición es el método. La repetición es el método.

La izquierda española, por su parte, lleva meses haciendo lo que mejor sabe hacer: no ponerse de acuerdo sobre cómo ponerse de acuerdo. En febrero fundó "Un Paso al Frente", coalición a cuyo acto fundacional no acudieron Yolanda Díaz, Rufián ni Podemos, que es como inaugurar una boda sin los novios, pero con muy buena música. Hoy, con 54 días para las elecciones y el BOE todavía en la imprenta, Sumar ha anunciado que el 17 de octubre presentará el Frente Amplio, su nueva marca, con IU, Más Madrid y los Comunes. Podemos ha respondido que está dispuesta a ir en coalición, pero exige primarias abiertas el 14 y 15 de octubre para elegir candidato conjunto. Lo cual significa que la izquierda tiene diez días para hacer lo que lleva dos años sin poder hacer, con el reloj corriendo y los abogados electorales ya calculando los plazos ante la Junta Electoral.

El resultado más probable de esta negociación contrarreloj es uno de dos: o se llega a un acuerdo de mínimos que deja a la mitad de los actores con cara de haber aceptado algo que no querían, o no se llega y van por separado, con lo que el voto de izquierda se fragmenta exactamente en el momento en que más necesita no fragmentarse. Ambas opciones son descafeniadas. La izquierda española lleva décadas eligiendo entre sus dos opciones descafeinadas favoritas con una consistencia que, si se aplicara a cualquier otra área de la vida, sería motivo de evaluación. Feijóo y Abascal, mientras tanto, ya tienen candidato, ya tienen relato y ya tienen preparado el discurso sobre el fraude del voto por correo por si acaso. Sánchez, Feijóo y Abascal repiten. El resto todavía busca candidato. El 29 de noviembre, como siempre, llega igual para todos.

Yo no voto porque nadie me representa, el argumento más honesto y más útil para el sistema

Hay una postura, que aparece cada cuatro años con la puntualidad de los equinoccios y la convicción de quien ha llegado a una conclusión filosófica profunda: no voto porque ningún partido me representa al cien por cien. Es una postura comprensible. Es también, en la práctica, el regalo más valioso que un ciudadano descontento puede hacerle al sistema que dice querer cambiar.

A ver. Ni yo mismo soy capaz de representarme en el cien por cien de las decisiones que tomo cada día. Hay mañanas en que me represento fatal. Decido cosas que mi versión de la tarde encuentra discutibles. Tengo contradicciones internas que un psicólogo podría documentar con entusiasmo desde cinco escuelas distintas. Si no soy capaz de ser mi propio representante perfecto en los asuntos de mi propia vida, pretender que exista ahí fuera un líder o un partido que me represente en el cien por cien de las cosas que pienso, incluidas las que no he pensado todavía, es una expectativa que la realidad no tiene ninguna obligación de satisfacer.

El voto no es una declaración de amor. No es la entrega de tu conciencia a un partido, ni la validación de todo lo que ese partido hará o ha hecho. Es un papel en un sobre cada cuatro años con el que intentas que el daño que te hagan, sea el menor posible y que, quien esté a cargo de parte del sistema no te aplaste más de lo que ya está aplastándote. Es una herramienta de reducción de daños con muy baja fidelidad y altísimos costes de oportunidad cuando no se usa. Al Santo Gramsci, al que rezas cuando metes el papel en el sobre, le consta perfectamente que la hegemonía cultural no se construye en una jornada electoral, pero también le consta que, la jornada electoral importa porque determina el terreno en que tienes que construirla.

El sistema es una mierda, en eso estamos de acuerdo en este valle. Pero para cambiarlo necesito que, quien está a cargo de parte de ese sistema, no me aplaste tanto que tenga que dedicar toda mi energía a sobrevivir, en lugar de a cambiar lo que necesita cambiarse. La diferencia entre un gobierno que te pisa con fuerza media y uno que te pisa con fuerza máxima no es ideológica. Es práctica. Es la diferencia entre tener o no tener la cabeza suficientemente fuera del agua como para pensar en lo que viene después del voto, que es donde está el trabajo real y donde, el sistema es efectivamente más vulnerable. El voto no cambia el sistema. Pero puede cambiar las condiciones en que trabajas para cambiarlo. Y eso, en determinados momentos, como el actual contexto histórico, no es poca cosa.

La abstención también es una decisión. Tiene consecuencias. Las consecuencias no las absorbe el sistema. Las absorbe la gente que vive dentro de él con menos margen que yo para esperar a que llegue el partido perfecto.

La democracia representativa, el voto y el poder que decide antes de que votes

Grecia. La cuna. El lugar donde Pericles convenció a los atenienses de que participar en las decisiones colectivas era la forma más elevada de organización humana. Lo cual era cierto para los ciudadanos atenienses libres, que eran aproximadamente el 10-15% de la población de Atenas, si incluimos que las mujeres, los esclavos y los metecos no votaban. La democracia ateniense era el gobierno del 15% sobre el 85% con muy buena comunicación institucional. Ha mejorado en extensión desde entonces. En profundidad, el debate sigue abierto.

Lo que el siglo XXI ha añadido al problema clásico de la democracia representativa no es menor. El poder económico siempre ha influido sobre la opinión pública. Lo que ha cambiado es la escala y la precisión. Antes compraba periódicos y cadenas de televisión. Ahora compra algoritmos, que saben exactamente qué contenido necesitas ver para llegar a la conclusión que conviene que llegues, y te lo sirve personalizado a las tres de la madrugada cuando estás solo con el teléfono y las defensas bajas. La granja de bots de Cerimedo que desmantelaron en Bolivia, era la versión barata y chabacana del sistema.

La versión cara y sofisticada no la desmantelan, porque no tienen forma de verla: está en el código de las plataformas que usamos para informarnos, está en el modelo de negocio de las empresas que financian los medios que leemos, está en la IA que genera el contenido del periodista que escribe el artículo que forma tu opinión sobre quién merece tu voto.

En este contexto, el voto individual es un gesto de dignidad. No es inútil. Pero tampoco es suficiente para cambiar lo que el poder económico ha decidido antes de que las urnas abran. Brasil lo demuestra esta semana: la familia del hombre que intentó un golpe de estado, va a gobernar el país más grande de América Latina, con el aparato judicial todavía procesando al padre. España lo demuestra antes de empezar: el fraude ya está en el relato de quien perderá si pierde, y la coalición ya está negociándose a contrarreloj antes de formarse. La democracia representativa en 2026 es el sistema más sofisticado de gestión del descontento que ha producido la historia, y su mayor logro es convencer a quienes más tienen que cambia, que la herramienta para cambiarlo es exactamente la que el sistema controla mejor.

Al menos, mientras todo esto ocurre, mis pasaportes siguen sin estar en regla. Lo cual, pensándolo bien esta tarde en Akritas, con el tsipouro nuevo, la pita de queso y las ovejas bajando del redil con la lana de octubre creciéndoles despacio, es el único privilegio que importa: poder seguir moviéndome hacia el siguiente alambique de cobre, en el siguiente rincón del mundo, donde alguien destila algo sin IVA, sin normativa de seguridad alimentaria y sin que ningún algoritmo le haya recomendado hacerlo. El neofascismo tiene pasaportes en regla, tarjetas de crédito y conexión a internet de alta velocidad.

Yo tengo la dirección del siguiente kazan de cobre. Por ahora, soy afortunado.

Teo García. Corresponsal. Pasaportes: varios, ninguno en regla desde 1989. Este despacho fue escrito en Akritas, Macedonia occidental griega, antes Boufi, en la cuna de la democracia según el folleto turístico. El tsipouro lo destila un vecino que llama al pueblo por su nombre eslavo cuando no hay nadie con uniforme cerca. La democracia ateniense tampoco llegó a todos por igual. Algunas cosas tienen más continuidad de lo que el folleto sugiere.