Crónicas del Apocalipsis Pendiente 023
Despacho n.º 023 — Fecha: 17 de octubre de 2026
Desde: São Miguel, Las Azores. Costa sur, algún punto entre Ponta Delgada y los acantilados de Mosteiros, donde el Atlántico golpea la roca volcánica con la regularidad de quien lleva haciendo lo mismo desde antes de que existiera ninguno de los problemas que voy a describir a continuación. Café negro en una taza de loza gruesa que me ha puesto el dueño del único bar abierto a esta hora. El cielo gris del otoño azoreño tiene esa textura específica que solo existe cuando el verano se ha ido del todo, y el turismo también. Llevo tres días esperando al viejo Incom-táquisse, que prometió cargar mi maleta con varias botellas del mejor verdelho y arinto de las islas antes de mi siguiente salida. Última llamada hace cuatro días. El Atlántico sabe algo sobre la paciencia que el resto del mundo ha olvidado.

Refugiarse en Las Azores en octubre es una decisión que tiene su lógica. El turismo de verano se ha ido. Las termas de agua caliente que salen del subsuelo volcánico siguen ahí, sin lista de espera. Los lugareños han recuperado sus bares, sus playas, su isla. Y el Atlántico, que aquí no es simple decorado, hace lo de siempre: llega, golpea, se retira, vuelve. Con una constancia que hace que las noticias de esta semana parezcan, vistas desde aquí, exactamente tan absurdas como son.
Trump, Putin, el petróleo y las elecciones de noviembre, o cómo el mundo se gobierna desde los despachos que nadie vota
El precio del barril sigue a 147 dólares esta semana. Ormuz bloqueado. El oleoducto saudí fuera de servicio desde el 10 de septiembre. Rusia desconectada. Venezuela bajo gestión americana. El Atlántico que tengo delante transporta ahora mismo, en algún punto de su superficie, barcos que rodean África porque las rutas normales están en manos de alguien que no tiene ningún incentivo para abrirlas.
Trump tiene elecciones el 3 de noviembre. Le conviene el petróleo caro porque sus acciones petrolíferas siguen subiendo. Le conviene el petróleo barato porque eso prometió a sus votantes. Esta contradicción no le ha impedido dormir ninguna noche desde febrero, porque Trump tiene una relación con la contradicción que los filósofos llevan siglos intentando sistematizar sin éxito. Lo que sí ha hecho es prometer que si gana, el petróleo bajará “inmediatamente”, que es la misma promesa que hizo sobre la guerra de Ucrania, sobre Ormuz y sobre prácticamente todo lo que no ha resuelto en los veinte meses que lleva en el cargo. La promesa de Trump tiene una fecha de caducidad que ningún envase menciona: el día después de las elecciones.
Putin, mientras tanto, ganó sus elecciones parlamentarias en septiembre con puntos canjeables por premios para el voto electrónico y sin partido opositor en la papeleta. Con ese tipo de ventaja competitiva, ganar es menos un logro que una formalidad administrativa. La Duma tiene ahora mayoría constitucional para cambiar la constitución que Putin ya cambió en 2020, para seguir gobernando hasta 2036. El sistema tiene la elegancia de un nudo corredizo: cada vez que alguien intenta soltarlo, se aprieta un poco más.
Lo que ninguno de los dos menciona en sus respectivos discursos: que la crisis energética que está pagando el ciudadano europeo con la factura de la luz y con el precio de la gasolina, es el resultado directo de decisiones que tomaron personas que ningún ciudadano europeo votó en ninguna elección. El mercado del petróleo lo mueven cuatro países, tres organismos supranacionales y un grupo de fondos de inversión con más poder de compra que varios estados juntos. El voto del ciudadano europeo influye sobre ese sistema aproximadamente lo mismo que la opinión del café sobre la temperatura a la que se va a servir. O bueno, quizás la del café sí vale más.
El despertar, o lo que pasa cuando la gente descubre que la habitación en la que vive no es tan grande como le habían prometido
Desde el 21 de septiembre, un estallido estudiantil iniciado en los liceos de Créteil, en los suburbios de París, escaló hasta paralizar más de 1.000 colegios y universidades en Francia y propagarse hacia Bélgica, España, Portugal e Italia. Un estudiante de secundaria de 15 años perdió una mano al estallar una granada de la policía en Lyon. En Bruselas, en Lieja, en Roma, en Madrid, en Lisboa. En el Estado Español y Francia, los movimientos juveniles, estudiantes y trabajadores, conquistaron imponer a las centrales obreras la convocatoria a la Huelga General.
El detonante en España fue el desahucio de Maricarmen Abascal, que murió el 7 de octubre después de convertirse en símbolo de las protestas por la vivienda. Las acampadas llevan semanas en Madrid y Barcelona. En Portugal, país que registra uno de los parques de vivienda pública más pequeños de Europa con solo el 2%, la consigna “hagámoslo como en España” expresa que la situación de la vivienda es insostenible.
Lo que está ocurriendo en Europa occidental en octubre de 2026 no es una serie de protestas nacionales desconectadas entre sí. Es la misma ecuación resuelta simultáneamente en varios países: salarios que no crecen al ritmo de los alquileres, sistemas educativos con menos recursos cada año, una generación que ha hecho todo lo que le dijeron que tenía que hacer y ha descubierto que las promesas tenían letra pequeña. Lo único que pedimos es que nos escuchen, decía Mohammed Boufous, alumno del último curso de secundaria en Bruselas. Es la frase más simple y más devastadora de toda la semana. No piden la revolución. Piden que alguien les escuche. Que eso sea noticia en 2026 dice todo lo necesario sobre el estado de las instituciones que deberían estar escuchando.
Los gobiernos han respondido con lo que los gobiernos saben responder cuando no quieren responder a lo que se les pregunta: gases lacrimógenos, detenciones y promesas de mesas de diálogo para después de las elecciones. En Francia, más de 5.000 detenidos en una semana. Las granadas de la policía francesa son de las que explotan, no de las que solo hacen humo, dato que en el informe anual del Defensor del Pueblo aparece bajo el epígrafe “incidentes en el marco de la gestión del orden público”, que es la forma institucional de decir que a un adolescente de 15 años le arrancaron la mano sin que eso sea responsabilidad de nadie en particular.
La globalización neofascista, o el copy/paste que viaja de Washington a Madrid con escala en Buenos Aires
Hay un documento que ningún partido de derecha ha publicado, pero que existe. Se llama Manual de Campaña para Mercados en Crisis y tiene tres capítulos. El primero: el sistema electoral está amañado, especialmente el voto por correo. El segundo: la economía está fatal, aunque los datos digan otra cosa. El tercero: el candidato de izquierda es un peligro para la nación, la familia y la estabilidad. Los tres capítulos se aplican en el mismo orden en todos los países donde la derecha populista compite, con los nombres cambiados según la geografía.
Trump lo usó en 2020 y en 2024. Bolsonaro hijo lo usó hace dos semanas en Brasil. Milei lo usó en Argentina. Y el PP y Vox lo están usando en España con la naturalidad de quien ha encontrado una plantilla que funciona y no ve razón para modificarla. Ayuso lleva semanas alertando del fraude del voto por correo sin que haya todavía urnas. Vox dice que el sistema de pensiones está “quebrado” y “zombi” y propone un cambio “radical” que equivale, sin mucho esfuerzo interpretativo, a su privatización.
El remate de la semana lo puso el propio Feijóo, que habló de “sacrificios” necesarios para sostener el sistema de pensiones. La palabra sacrificio tiene una dirección muy concreta en el vocabulario del PP: siempre la hace quien menos tiene, y siempre la recibe quien menos puede permitírselo. Horas después, Feijóo salió corriendo a aclarar que no había dicho lo que había dicho, que es también una habilidad que practica con una frecuencia que debería preocupar a sus asesores de comunicación.
Pero el programa laboral completo de Feijóo para el 29N merece lectura reposada, a ser posible con algo más fuerte que el café. Recortar sueldo “y prestaciones” a los trabajadores de baja laboral, “con o sin acuerdo” sindical, lo dijo ante empresarios vascos en verano. Permitir que las mutuas, que son organizaciones patronales gestionadas por empresarios, den las altas médicas, lo anunció esta semana ante empresarios catalanes. Bonificar a las empresas que tengan menos bajas, premiando así al empresario por tener empleados que no se ponen enfermos, o que se ponen enfermos, pero no dan el parte, que no es lo mismo, pero se parece. Ampliar el límite de horas extraordinarias, que en España ya se hacen 2,54 millones cada semana sin pagar. Y llamar a todo esto combatir el absentismo, que es la palabra que usa Feijóo para describir el hecho de que un trabajador enfermo se quede en casa en lugar de ir a contagiar a sus compañeros y producir para la empresa.
“El absentismo es un cáncer que no podemos pagar”, dijo Feijóo ante empresarios. Las mutuas que van a dar las altas son patronales. Las empresas que van a recibir bonificaciones son las que tengan menos bajas. El trabajador que se ponga enfermo verá recortado su sueldo. El diagnóstico lo hará alguien pagado por el empresario. La agenda, como dijo un analista esta semana, no está oculta. Está en los discursos, en el orden en que se pronuncian y en el público ante el que se pronuncian. Feijóo dice una cosa distinta según habla ante pensionistas o ante empresarios. El BOE, cuando llegue, solo puede recoger una.
Lo más llamativo del copy/paste neofascista no es que funcione. Es que funciona incluso cuando los errores son enormes y verificables. Feijóo afirmó en 2023 que el PP siempre había revalorizado las pensiones con el IPC. Era falso y lo era de forma documentada. Tuvo que rectificar públicamente, algo que hace con la misma frecuencia con que los cometas pasan cerca de la Tierra. Dos semanas después, sus encuestas no habían cambiado de forma significativa. El electorado que ha decidido votar al PP no lo hace porque Feijóo tenga razón en lo que dice. Lo hace porque desconfía de la alternativa. Y esa desconfianza no la produce la realidad. La produce la repetición sistemática del relato de que la alternativa es catastrófica, con o sin datos que lo respalden.
Lo público no funciona, excepto cuando es nuestro y podemos cobrar por gestionarlo
El sistema capitalista lleva décadas explicando que lo público no funciona. Que el Estado es ineficiente. Que el mercado asigna los recursos mejor que cualquier planificador. Que la iniciativa privada produce más riqueza, más innovación y más libertad que cualquier gestión colectiva. El argumento se repite en los foros de Davos, en los editoriales de los periódicos financieros y en los discursos de los partidos que compiten en las elecciones del 29 de noviembre.
Y sin embargo, los mismos que explican que lo público no funciona, llevan décadas intentando hacerse con lo público. Las pensiones. La sanidad. La educación. El transporte. El agua. La energía. Si lo público no funciona, ¿por qué tanto interés en gestionarlo? La respuesta es tan sencilla que da vergüenza ajena tener que escribirla: lo público no funciona cuando lo gestionan las personas que creen en lo público. Funciona estupendamente cuando lo gestiona alguien que puede cobrar por ello sin rendir cuentas a nadie que no sea el accionista.
El sistema de pensiones tiene además una propiedad específica que lo convierte en el objetivo más apetecible del capitalismo financiero contemporáneo: el capital lo ponen los trabajadores. Con su trabajo, con su cotización, con la parte del salario bruto que va directamente al sistema, con la plusvalía que la empresa aporta en nombre del trabajador. Son los trabajadores quienes financian el sistema. El capital es de los trabajadores. Pero cuando un trabajador pide mejores condiciones, el argumento del capitalista es invariable: el capital es mío, los beneficios son míos, la decisión es mía. Si quieres más, invierte tú en tu propio negocio. Ya lo hago. Invierto en mi pensión pública. Y ahora resulta que quieres meter la mano ahí también.
Vox llama zombi a un sistema donde los trabajadores gestionan su propio capital colectivo. El capitalismo financiero lleva décadas queriendo comerse ese zombi. No porque esté muerto. Sino porque está lleno de dinero.
El café se ha enfriado. El Atlántico sigue igual. Incom-táquisse no ha llamado todavía. Las botellas de verdelho y arinto tendrán que esperar, o no existirán, que también es una posibilidad con la que convivo cada vez con más naturalidad. El cielo gris de São Miguel no promete sol para hoy ni para mañana. Desde aquí, todo lo anterior parece ocurrir en un planeta ligeramente diferente al de esta roca volcánica en medio del océano. Un planeta donde la gente discute sobre quién gestiona el capital de los trabajadores mientras los trabajadores bloquean liceos en París y duermen en acampadas en Madrid.
El Atlántico no tiene opinión sobre nada de esto. Lleva aquí más tiempo que el capitalismo. Probablemente seguirá aquí cuando el capitalismo también haya pasado. Es el único pensamiento reconfortante disponible a las siete de la mañana en una isla volcánica en medio del océano con un café frío y sin noticias del viejo Incom-táquisse.
Teo García. Corresponsal. Pasaportes: varios, ninguno en regla desde 1989. Este despacho fue escrito en São Miguel, Las Azores, Portugal, al amanecer gris de octubre. El verdelho y el arinto de las islas son los mejores vinos blancos del Atlántico y están en manos de alguien que no responde al teléfono desde hace cuatro días. El sistema también falla a nivel local.