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Crónicas del Apocalipsis Pendiente 024

Despacho n.º 024 — Fecha: 28 de octubre de 2026

Desde: Orilla del Begej, Banato, Voivodina. Un banco de madera que alguien clavó al borde del dique hace más años de los que recuerda el propio banco. El río baja sin prisa entre sauces que ya han soltado la mitad de las hojas, y la niebla de octubre se queda enganchada en la llanura hasta bien entrada la mañana, como un cliente que no quiere pagar la cuenta. Las cigüeñas se fueron en agosto y dejaron los nidos vacíos sobre los postes, esperando un inquilino que no volverá hasta finales de abril. A mis pies, una botella sin etiqueta con rakija de kruška que mi tast, mi suegro sin papeles de por medio, como casi todo lo mío, destiló en un alambique más viejo que mi pasaporte más antiguo. Llevo tres vasos. Calienta y refresca a la vez, cosa que por mis cálculos es físicamente imposible, aunque los cálculos los hice con el tercer vaso. Es el mejor aguardiente que ha pasado por mi garganta, y por esa garganta han pasado cosas que en otros países, se venden para limpiar motores.

Río Begej en Zrenajnin

En el Banato las noticias no llegan tarde, llegan a su ritmo, y en una llanura donde no hay nada detrás de lo que esconderse, se ven venir de lejos. Todas las que han llegado estos días tratan de lo mismo: quién paga lo que otros se gastaron.

Brace for Impact, o cómo se financia una burbuja con los préstamos de la burbuja de al lado

El Open Markets Institute y Americans for Financial Reform han publicado este mes “Brace for Impact”, un informe de Matthew Scherer y Maya Jenkins que cualquier consejero delegado de Silicon Valley debería leer en voz alta antes de dormir, y que no leerá porque duerme de maravilla. Sostiene que la burbuja de la inteligencia artificial ya supera a la de las puntocom y, en varios indicadores, a la de 1929. El CAPE del S&P 500 anda por 41, y en 1929 llegó a 33. Diez empresas se llevan el 40 % del índice. La bolsa estadounidense vale el 240 % del PIB del país, y nunca había valido tanto.

Lo mejor del informe está en la contabilidad. Las grandes tecnológicas gastan más de un billón de dólares al año en centros de datos y ingresan por esa vía una fracción de lo gastado, así que han montado un sistema admirable: yo te presto, tú me compras los chips y yo apunto tu compra como una venta mía. Los autores lo llaman financiación circular. En una barra de bar se llama pasarse el mismo billete de mano en mano y declararlo como facturación. Nueve gigantes acumulan 3,1 billones de dólares de deuda fuera de balance, y el mercado subprime de 2007, que acabó como acabó, llegó a 2,3 billones en dinero de hoy. En el segundo trimestre, 160.000 millones de los 285.000 que ganaron cinco de ellas salieron de revalorizar lo que tienen metido en otras empresas del mismo círculo. Ganan dinero mirándose al espejo.

El detalle que no me deja terminar el vaso es el destino de esa deuda. La trocean y se la venden a fondos de pensiones y aseguradoras, y la administración Trump quiere abrir los planes 401(k) de los trabajadores al crédito privado. Los autores aclaran que no están prediciendo nada. Yo tampoco. Me limito a recordar quién paga cuando estas cosas revientan, y que ese nunca estaba en la mesa cuando se repartieron las cartas.

Dieciséis minutos de silencio, o cómo se echa a un régimen sin levantar la voz

Los estudiantes serbios dieron el curso por perdido hace casi dos años y se dedicaron a otra cosa. Un curso entero de huelga, con facultades ocupadas, manifestaciones cuando tocaba y bloqueos de carretera todos los días a las 11.52, la hora a la que se vino abajo la marquesina de la estación de Novi Sad. En cada bloqueo guardaban dieciséis minutos de silencio, uno por cada muerto. Todos los días, con exámenes pendientes y con un gobierno que los miraba como se mira a un mosquito que resulta ser una plaga. Vučić mandaba desde 2014 a base de asustar a la gente antes del desayuno, y se encontró con dieciséis minutos diarios de silencio que sonaban más que su televisión.

Aquello no tenía jefe ni siglas que ilegalizar. Cuando llegó la hora de presentarse a unas elecciones, apareció una lista de caras que nadie había visto en televisión, profesores, actores, algún agricultor y un cardiólogo de cabeza de lista, Ilija Srdanović. Estudiantes, ninguno. Según Crta, esa lista sacó el 51,47 % de los votos frente al 40,42 % del partido de Vučić. Las proyecciones dan unos 138 escaños de 250 contra unos 104, con una participación cercana al 70 %, casi lo mismo que cuando echaron a Milošević. A un movimiento horizontal le salió un resultado vertical.

Vučić había dimitido como presidente el 27 de septiembre para presentarse a primer ministro, y la noche del 25 de octubre, salió a reconocer la derrota con una muestra estratificada en la mano, con sólo el 3% de los votos escrutados. Dijo que los responsables eran los medios independientes y un Estado profundo americano que, por lo visto, también reparte papeletas en Serbia. Mencionó además a unos países europeos y no dio nombres, supongo que por discreción.

Aquí en el Banato, aquellos que han visto caer Yugoslavia y varias cosas más, salieron a buscar sus propias botellas de rakija. En abril se fue Orbán y ahora le toca a este.

No son tantas las ocasiones en las que se puede brindar con uno mismo por una causa razonable.

Lula, o cómo se gana unas elecciones contra medio planeta que no figuraba en la papeleta

Al otro lado del Atlántico, un señor de 80 años perdió la primera vuelta por dos puntos (47,07 contra 45,12), con las encuestas ya dispuestas a escribirle el obituario político, y el 25 de octubre ganó la segunda y su cuarto mandato, dando la vuelta a una desventaja de unos 2,2 millones de votos. Hay que ver a quién le ganó por el camino.

Al hijo de Bolsonaro, naturalmente. Pero también a Trump, que había puesto aranceles a Brasil y sancionado a funcionarios, y que ahora dice que la votación fue amañada sin enseñar una sola prueba, que es la manera que tiene Washington de reconocer elecciones ajenas cuando salen torcidas. A Netanyahu, que le deseó a Flávio una “gran victoria” y se ha quedado con las ganas. A Milei, que tras la primera vuelta felicitó a Flávio por haberle sacado ventaja al “comunista” de turno. A Meta, con manifestantes a la puerta de sus oficinas de São Paulo y una empresa que admitió problemas técnicos con los contenidos electorales y juró no favorecer a nadie. Al FMI, que lleva décadas recetando ajustes a países que luego van y votan. Y a Musk, que posee el altavoz más caro del planeta y ha comprobado que el volumen no cuenta como voto.

Flávio no reconoce el resultado y su partido sí. Es la primera vez que veo a un partido con más sentido común que su candidato. Quizás, por eso mismo huyó del país.

El fondo de los señores, o cómo se socializa una pérdida con domicilio en Luxemburgo

Desde las Azores conté hace dos semanas que Vox llamaba zombi al sistema público de pensiones y que Feijóo pedía sacrificios para sostenerlo. Esta semana la cosa tiene su ilustración en Bruselas. En 1990 el Parlamento Europeo montó un plan de pensiones voluntario para sus eurodiputados, con sede en Luxemburgo, que es donde se guardan los papeles que nadie quiere encontrar. Cada eurodiputado ponía un tercio y la cámara, con dinero de todos, los otros dos tercios. Se cerró a nuevos miembros en 2009 con unos 900 beneficiarios y lleva veinte años con un agujero de unos 300 millones. Desde ese mismo 2009, el estatuto obliga al Parlamento a responder si el fondo quiebra.

En 2023 le recortaron las pensiones a la mitad y subieron la edad de cobro a 67, y aun así, según Investigate Europe, unos 86 millones saldrán de dinero público. La justicia europea les dio la razón en diciembre de 2025. La parte buena se la llevaron los de dentro y la mala se reparte entre los demás, y en el vocabulario de Bruselas eso se llama rescate cuando lo piden los de arriba y se llama despilfarro cuando lo pide cualquier otro.

Mientras tanto, desde Madrid siguen explicándonos que lo público no es sostenible, con el fondo de los eurodiputados como ensayo general de lo que viene después de privatizar. Es difícil pedir una demostración mejor.

Yo tengo mi propia muestra. Un banco en el que trabajé de joven me abrió un plan de pensiones que pierde entre un punto y medio y tres cada año. Menos mal que nunca puse un euro mío, solo lo que ponía el banco, que así se pierde sin que duela.

La botella va por la mitad y el río sigue sin prisa. El Begej no tiene opinión sobre ningún fondo de pensiones, y le tengo por ello un respeto que no le tengo a casi nadie en Bruselas. Esta rakija, al menos, circula entre familiares sin deuda fuera de balance.

Teo García. Corresponsal. Pasaportes: varios, ninguno en regla desde 1989.

Este despacho fue escrito en el Banato, junto al Begej, al atardecer gris de finales de octubre. La rakija de kruška es de mi tast y no cotiza en bolsa. De momento...