Zastava101Letras

Por qué psicología

Estudié Psicología porque me gustaba la gente.

Tómense un momento para procesar esto. Estudié la carrera que analiza científicamente por qué los seres humanos se destruyen entre sí, se mienten a sí mismos con una creatividad que haría llorar a cualquier novelista, y desarrollan mecanismos de defensa lo suficientemente sofisticados como para necesitar años de terapia para identificarlos — porque me gustaba la gente. Como si Psicología fuera la carrera de los que disfrutan de la compañía humana. Como si no fuera, en cambio, la carrera donde uno descubre que la compañía humana es exactamente el problema, que lleva siéndolo desde Freud y probablemente desde antes, y que el único avance real de la disciplina en ciento cincuenta años ha sido documentar con creciente precisión los distintos modos en que esa compañía produce en sus participantes un deseo irrefrenable de estar solos en una habitación a oscuras. Lo cual, pensándolo bien, explica que haya tantos psicólogos en terapia.

La razón que di en su momento — me gusta la gente — sonaba perfectamente razonable a los diecisiete años. Es en retrospectiva tan sólida como elegir Ingeniería Naval porque te gusta el agua, o Medicina porque te gusta la gente sana, o Derecho porque crees en la justicia, error este último que la propia carrera se encarga de corregir en los primeros seis meses con una eficiencia que el sistema judicial nunca ha igualado en ningún otro ámbito. Nadie me dijo que gustarle la gente era exactamente el tipo de vocación que el mercado laboral escucha con atención, asiente comprensivamente, y a continuación ignora con la serenidad del que sabe que tiene todas las cartas.

Esto no es una queja. Bueno, sí es una queja. Pero es una queja con perspectiva, que es la única forma de queja que uno puede permitirse cuando ya han pasado suficientes años como para que resulte más cómica que patética.

La Psicología me enseñó cosas. Me enseñó por qué la gente hace lo que hace sabiendo que no debería. Me enseñó a escuchar lo que no se dice. Me enseñó que el ser humano es un animal extraordinariamente complejo que ha desarrollado a lo largo de milenios una capacidad sin precedentes para complicarse la existencia de formas que ninguna otra especie ha conseguido igualar ni con el doble de tiempo disponible.

Me enseñó, en definitiva, a entender la gente. Lo cual ha resultado ser, como era de esperar, exactamente la razón por la que cada vez me gusta menos.

Aunque en el fondo les tengo cariño.

A algunos.

En dosis controladas.

Con salida de emergencia señalizada y operativa.

Y un formulario de consentimiento informado por si acaso.